miércoles, 14 de julio de 2021

EL SECRETO

           Candado de hierro y muy pesado protegía la habitación de quien fuera el Duque Diego. Desde la fatídica noche en que murió, su cuerpo fue trasladado a la iglesia que se encontraba en sus tierras y después al cementerio familiar. Sus aposentos fueron cerrados para cualquier persona, excepto la duquesa. Camareras y sirvientes, e incluso familiares, sentían cierta curiosidad por saber qué se escondía allí. No creían que se le puso candado solo por haber muerto. Pero a pesar de las ganas infinitas por descubrir la verdad, nadie se atrevía a cuestionar la orden dada por la viuda. 

          En la cocina, mientras los criados comían, hablaban del asunto en voz baja. Unos comentaban haber escuchado ruidos extraños la noche trágica. Decían que escucharon gritos y golpes. Algunos decían que quizás la duquesa tenía un amante y éste lo asesinó. Dos de las sirvientas, las más osadas, urdieron un plan para descubrir la verdad que encerraba tal habitación. En la bebida nocturna de la viuda, vertieron una pócima para dormirla profundamente y así fue como obtuvieron la llave del celador de hierro de la puerta. Cautelosas, la abrieron y rápidamente entraron. ¡Sus dudas crecieron aún más!  En la habitación no había ni un solo mueble, sin embargo surgieron más preguntas, pues llena de sangre seca, colgaba de la pared, una espada.




domingo, 11 de julio de 2021

MUERTOS EN EL DESIERTO

      


          El cielo azul adornado con nubes blancas se miraba precioso desde arriba. A través de la ventanilla del avión admiraba la hermosa vista. Siempre me inquietó mucho la sensación de estar suspendida en el cielo, como si el avión se hubiera detenido, así que miraba fijamente alguna nube para ver cómo ésta, lentamente se quedaba atrás, demostrándome que sí avanzábamos. Entrar en las nubes me parecía espectacular, pese a las vibraciones, algunas fuertes, que esto provocaba en la aeronave. El viaje sería muy largo, 17 horas para ser exactos. Me acomodé en el asiento y cerré los ojos para dormir un poco.


          Desperté al sentir que me golpeaban ligeramente el brazo. Las azafatas caminaban apresuradas hacia la cabina del capitán. Miré por la ventanilla descubriendo que el cielo azul había sido suplantado por un manto rojizo. Volteé la vista hacia los otros pasajeros, quienes ya empezaban a mostrarse inquietos. Las azafatas volvieron con nosotros y la voz del capitán se escuchó en el altavoz informándonos que estábamos perdiendo mucha gasolina y que íbamos a aterrizar en un desierto para corregir la falla.

          Nerviosos, nos preparamos para el aterrizaje, el cual fue perfecto. Las azafatas nos autorizaron a desabrocharnos el cinturón de seguridad. De pronto se escuchó un grito horrible. Una de las aeromozas descubrió al capitán y al copiloto muertos. La angustia se apoderó de la mayoría de los pasajeros. Una de las azafatas intentó comunicarse por radio pero fue imposible. Dos hombres exigieron que se abriera la puerta de descenso y bajaron. Exploraron el lugar y al regresar nos dijeron que además de algunos cactus y un par de troncos secos, no había nada.

          Permanecimos algunas horas dentro de la nave, rezando por ayuda, hasta que un hombre perdió la calma y salió corriendo, seguido por un matrimonio. No volvieron más. Alguien decidió ir a buscarlos, pero tampoco volvió. El desorden y la histeria empezaba a reinar entre los pasajeros. Yo me limitaba a escuchar y cuando me cansaba, me levantaba a caminar por el pasillo. En tres días, fueron muchos los que salieron y no regresaron más.

          La desesperación me estaba queriendo desestabilizar. Quería salir y saber qué estaba pasando, pero el miedo me hacía permanecer dentro, a pesar de que solo quedábamos seis personas, con mucha hambre, sed y ansiedad. En un momento dado, no pude controlarme más y golpeé furiosa la ventanilla y los brazos de mi asiento. Luego, tomé aire por la nariz, volví a sentarme y a ponerme el cinturón de seguridad. Una vez más miré por la ventanilla. Mis ojos recorrieron el paisaje rojizo; lo hacían desde las alturas. Entonces sentí que flotaba y entré en el avión. Todos, tripulación y pasajeros estaban muertos... yo entre ellos. Me sorprendí enormemente al descubrir que estaba muerta y un gran grito que no se escuchó, salió de mi garganta.

ENTRE SURCOS DE ALGODÓN

           El sol del medio día quemaba con fuerza. Mirando a lo lejos, parecía que las calles estaban mojadas, efecto producido por el intenso calor. Pensé en mi mamá. Seguramente estaría acalorada en el campo, donde trabajaba limpiando el algodón con un azadón. Tomé varias botellas de agua, las metí en una hielera para mantenerlas frías y me dirigí hasta donde ella se encontraba.


          Luego de caminar una media hora, llegué hasta allí. El campo estaba hermoso. Largos surcos eran adornados por las motas blancas del algodón. Busqué con la mirada a mi madre hasta que por fin, a lo lejos alcancé  a verla. Me acerqué a ella y la vi como nunca antes. Inclinada, cogiendo con fuerza el azadón y golpeando las hierbas que le hacían daño a las plantas. Sus brazos fuertes y morenos brillaban por el sudor. Su linda cara estaba vestida por gotas cristalinas que resbalaban hasta el cuello, que ya estaba muy mojado. La ropa húmeda se pegaba a su cuerpo. 




          Permanecí unos minutos observándola con el corazón encogido. A mis nueve años descubrí el gran sacrificio que hacía por mí. Entonces la llamé con un grito. Volteó y a pesar del gran cansancio que estoy segura, debía tener, me sonrió como siempre lo hizo. Sus dientes blancos contrastaron con su piel morena. Dejó el azadón en el suelo y vino hasta mí, limpiándose el sudor con un trapo que llevaba colgado al cuello.

          Le di una botella de agua y me dijo que había llegado justo a tiempo para su hora de comida. Nos acercamos a un tractor y a la sombra de éste, nos sentamos a comer unos burritos de frijoles que ella había preparado en la madrugada para llevarlos de comida. Le pregunté si estaba cansada, a lo que me dijo que no con su hermosa sonrisa. Le prometí estudiar mucho para poder sacarla de trabajar.

          Con el tiempo, cumplí mi promesa. Desgraciadamente, Dios quiso llevársela pronto y no logré consentirla por mucho tiempo.




lunes, 5 de julio de 2021

ESPERANDO LA TORMENTA

          -"Depresión atmosférica se aproxima a nuestra área" -escuchamos decir al locutor en la radio. -Resguárdense en un lugar seguro y aléjense de las ventanas por que se esperan vientos fuertes con ráfagas de fuerza destructiva."

          Nos encontrábamos en medio del campo donde mis hijos y yo pasamos un lindo día jugando al fútbol y comiendo emparedados y sandía. Nunca imaginé que pudiéramos estar en peligro en algún momento. Rápidamente y en contra de la voluntad de los nenes, recogimos todo, lo metimos en el baúl del coche y nos montamos en él, para dirigirnos a casa. Por ningún motivo logré encenderlo. Me bajé y abrí el cofre, lo miré y nada más. Desgraciadamante, yo soy de las mujeres que a parte de conducir y llenar el tanque de gasolina, no se hacer otra cosa, en cuanto a coches se refiere. Angustiada, al ver que el cielo se llenaba de nubes grises y negras, tomé el celular para llamar a alguien que pudiera venir a auxiliarnos. No conseguí que alguien atendiera mi llamada.

          Volteé hacia todos lados buscando algo para protegernos. A veces había tractores, maquinarias agrícolas enormes... hoy no había absolutamente nada. ¿Cómo fui tan tonta de elegir un lugar tan solitario? Ni siquiera había una finca a donde pudiéramos ir a pedir auxilio. Vi la preocupación en las caritas de mis hijos y tomé aire profundamente tratando de tranquilizarme. 


          -Vamos a jugar a que el coche es un barco enorme y estamos zarpando hacia un país mágico -les dije. -Cuando empiece a llover será porque una tormenta nos ha tomado por sorpresa y unos monstruos marinos nos quieren devorar. Pero llegará un unicornio de colores y nos rescatará -terminé. Los niños asintieron emocionados, dispuestos a seguir divirtiéndose mientras yo, con una sonrisa en la cara y el corazón acelerado por la angustia, esperaba todo, menos divertirme, mirando cómo grandes gotas de lluvia golpeaban el parabrisas.



domingo, 4 de julio de 2021

UNA CONVERSACIÓN COMÚN


          Mi novio y yo disfrutábamos de una cálida y agradable noche en el porche de su casa. Comentábamos lo intimidante que podía llegar a ser la oscuridad de la noche, cuando de pronto una enorme mancha verde llegó al jardín. Se trataba de una miríada de luciérnagas. Mi cachorro, que reposaba entre nosotros comenzó a ladrar con fuerza y saltó, queriendo llegar hasta ellas, cosa que no consiguió porque lo habíamos atado con un cinturón al barandal del porche.

          Chico, como se llamaba mi perrito, tiró una y otra vez buscando zafarse, hasta mover la mesa y derramar la cerveza que estaba sobre ella. Esto fue motivo suficiente para que se le soltara pues no queríamos que hiciera destrozos y dañara el compresor de aire que estaba por ahí cerca.

          Mientras Chico jugueteaba entre brincos y ladridos tratando de atacar a las luciérnagas, mi novio me habló de su antiguo profesor de historia, un hombre muy culto a quien admiraba mucho desde que era un adolescente. Me dijo que era un hombre muy culto y preparado y que sus clases, lejos de ser aburridas, eran muy amenas y siempre creaba ambientes interesantes de aprendizaje. Mientras con el pie empujaba a un caracol hacia el césped, me dijo que siempre usaba un gorro parecido a los de la época medieval y que todos sospechaban que era calvo, cosa que nunca pudieron comprobar porque jamás lo vieron sin él. Y luego, suspirando con un dejo de nostalgia, que había muerto en un entreliño de sus tierras, siendo aún joven.

          Dejamos de hablar del tema cuando las luciérnagas se alejaron y Chico corría detrás de ellas, pues tuvimos que llamarlo a gritos para que regresara.



PERDIDA EN EL TIEMPO



          Llevaba más de diez horas conduciendo y la noche se acercaba. El cansancio se estaba apoderando de mí, mas no quise detenerme a descansar. Dos horas más de camino y estaría en mi destino. Tenía muchísimas ganas de reunirme con mis dos mejores amigas a quienes veía una vez al año.


          Comencé a cantar una canción que sonaba en el radio para mantenerme despierta y cuando entré en la zona blanca, llamada así porque no había señal de ningún tipo, la canción fue interrumpida por sonidos de interferencia, así que apagué el radio. El termostato del coche comenzó a marcar una temperatura muy baja, cinco grados centígrados, para ser exactos, cosa tremendamente extraña, pues me dirigía al sur donde las temperaturas eran calientes, además de que estábamos en la temporada de verano. Volví la vista hacia la brújula y noté que se había descompuesto. La manecilla giraba sin ton ni son.  Seguí sin detenerme cuando miré una gran sombra negra en el cielo que se acercaba. Cientos de cuervos llegaron hasta mí y me sacaron de la carretera, dando varias vueltas y quedando con las llantas para arriba en medio de la oscuridad que ya había suplantado al día. 

          Abrí los ojos y casi no distinguía nada, pues tenía la vista borrosa. Los entrecerré, esforzándome para ver mejor. Pronto todo comenzó a tomar forma. Miré las paredes blancas, una de ellas adornada con el retrato en blanco y negro de varias enfermeras frente a un edificio antiguo. Volteé a ver al lado de la cama, que más bien era un catre, y vi un vaso de cristal y una jarra de agua sobre una mesita de lámina. Quise levantarme y entonces me di cuenta de que mis piernas estaban vendadas y amarradas a unos cinturones que colgaban de unos fierros. La desesperación me invadió y comencé a gritar con fuerzas. Entraron un médico y dos enfermeras. Él me pidió que me calmara. Me dijo que estaba en buenas manos. Que allí, en el hospital, me iban a cuidar. Me explicó que unas personas me habían encontrado herida a un lado de la carretera y me llevaron hasta allí. Le pedí que bajara mis piernas, pues quería ir al baño. Las enfermeras me ayudaron y me llevaron en una silla de ruedas muy antigua. Cuando regresamos al cuarto, les pedí mi celular para comunicarme con mis amigas. Ninguna de las dos supo que era un celular. Sorprendida, les dije que quería llamar a mis amigas por teléfono a lo que me respondieron que no contaban con uno. Entonces les dije que por eso les pedía el mío. Me miraron extrañadas y una de ellas fue por el doctor.

          Al llegar, me revisó minuciosamente y con paciencia, comenzó a conversar conmigo. Cada vez me desesperaba más pues parecía que nadie entendía mi lenguaje. Entonces los tres se alejaron un poco de mí y alcancé a escuchar al doctor decirles que, al parecer, el golpe que recibí en la cabeza me había hecho perder la razón y me provocaba inventar cosas y situaciones.

          Cuando les pregunté qué día era y me respondieron, pasé de la desesperación al miedo. Su respuesta fue "3 de agosto de 1931". ¡No podía ser cierto! Yo había nacido en 1985. Comencé a gritar nuevamente. Me pusieron algo en la nariz y volví a perder el conocimiento. Más tarde, cuando desperté, opté por mostrarme tranquila y fingir que entendía perfectamente lo que sucedía. Necesitaba tiempo y debía ganarme la confianza de las personas en ese viejo hospital para resolver el misterio que me estaba matando de angustia. 



viernes, 2 de julio de 2021

EL ESPANTO

 Bastó que unas cuantas personas tuvieran miedo para que el mito corriera de boca en boca.


          Por fin, después de varios años, la casa abandonada se había vendido y los nuevos dueños llegaron a habitarla un fin de semana. Los nuevos vecinos eran un matrimonio con varios hijos, siendo Evelia, de 17 años la hija mayor. Ella era muy guapa, de ojos grandes y mirada alegre; tenía el cabello negro y largo y una boca de tentación.

          Como eran vacaciones de verano, los niños y no iban a la escuela, solo el padre salía a trabajar. La madre y los hijos se dedicaban a los quehaceres de la casa. Fidel, el hijo de los vecinos, miraba a través de la ventana de su casa. Inmediatamente le gustó la muchacha mayor de los vecinos, quien no se había percatado de ser observada. Luego de lavar varias sábanas blancas, lo cual hacía todos los días,  las colgó en un tendedero en el patio trasero para que se secaran al sol y se retiró a descansar.





          Por la noche, sintiéndose acalorada, Evelia salió al porche trasero y vio a Fidel comiendo un mango en el porche vecino. Él, al sentir su mirada, la saludó sonriente y ella le dijo que si le daba una probada del mango. Fidel fue hasta ella y le ofreció la fruta, que ella chupó y mordió con coquetería. Al ver que él quedó paralizado ante su osadía, lo tomó de la mano y lo llevó hasta donde estaban colgadas las sábanas. Ahí se colgó de su cuello y lo besó. Ni tardo ni perezoso, el muchacho reaccionó besándola apasionado, haciéndose costumbre el reunirse noche tras noche.

          El viento soplaba y las sábanas se movían dejando entrever una sombra maligna. Algunos vecinos se percataron de ello y unos alcanzaron a escuchar murmullos escalofriantes. Como esto comenzó a suceder a raíz de que se había habitado la casa abandonada y pasaba todas las noches, el rumor corrió por el pueblo. Decían que un espanto había llegado a aquella casa. Que hacía muchos años ahí había habitado un cura inmoral que había cometido actos de lujuria y lascivia en esa casa y que ahora, que había gente en ella, estaba enojado y su espíritu rondaba por allí queriendo correr a los nuevos dueños.

          La gente del pueblo se persignaba al pasar frente a la casa, pero los nuevos habitantes ignoraban los chismes. Fidel y Evelia, se reían de las habladurías y seguían viéndose todas las noches, sin importarles el alboroto y miedo que habían ocasionado.